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sábado, 28 de febrero de 2009

La inquietante modernidad de Los dioses rotos


Por Enrique Ubieta Gómez

Una extraña sensación invade al espectador cubano que disfruta de la película Los dioses rotos: después de tanto zarandeo mediático en torno a las virtudes de la llamada modernidad, y de tantas exhortaciones paternales para que los cubanos nos internemos en ella –ciertos autores definen la tradición revolucionaria como francamente antimoderna--, esta obra dura y bien contada demuestra que ciertas zonas de nuestra realidad pueden leerse en códigos “modernos”. Si desestimamos los matices de idiosincrasia y de religiosidad mestiza, espectadores mexicanos, chilenos o españoles podrían imaginar una trama análoga en cualquiera de sus ciudades. Yarini es muy cubano, es cierto, pero solo en sus manifestaciones externas: un chulo es un chulo, y una prostituta es una prostituta, en Cuba y en Francia.
Por otra parte, ¿qué se entiende por modernidad? ¿la existencia de “tribus urbanas” en la ciudad? ¿la aparición de supuestos o reales emos dispuestos al suicidio o de metrosexuales que le rinden culto al cuerpo? Unos y otros son incentivados por el mercado: ahí están a la venta los atributos de vestuario y de maquillaje que conforman cualquier elección. El mercado diseña y oferta la ropa que necesitan los “rebeldes” para enfrentar al mercado. Nunca antes la modernidad ha mostrado con más claridad su esencia eufemística; con ese término se alude al capitalismo. Cuando el consumo se transforma en consumismo, ha llegado. Por eso si alguien dice que los revolucionarios son antimodernos, en realidad dice, con razón, que son anticapitalistas. Por eso Ponte afirma que los detractores del socialismo cubano “hablan de una modernidad vertiginosa anterior a 1959”. Así que “avanzar” hacia la modernidad en Cuba, significa regresar a la sociedad que había sido erradicada en 1959.
La “modernidad capitalista” es glamorosa, incluso en su costado violento. Los custodios de los camiones blindados que transportan el dinero de las CADECAS, reproducen miméticamente un comportamiento aprendido en películas norteamericanas. Con sus escopetas de cañón recortado, sus trajes oscuros, y su disposición teatral para el enfrentamiento de posibles asaltantes, mueven a la risa. Pero un transeúnte obligado a detenerse junto a mí, mientras los “hombres de negro” realizaban la operación “con profesionalidad” –la imagen “moderna” de Lucas, el personaje del espacio televisivo de video clips, tomado además del que sembrara La Matriz, un filme “yuma”--, me aclaró al verme reír, con no disimulado orgullo: “cuidado, que aquí también pueden producirse grandes atracos”.
Los dioses rotos muestra un segmento apenas entrevisto, oscuro, sórdido, de la sociedad cubana; la versión cubana de un segmento todavía más sórdido y violento en otras sociedades, pero igualmente paradigmático de esa modernidad que nos venden como paradisíaca: en él, dice uno de los chulos de la película, rige la ley de la selva, se devora o te devoran. Pues bien, aquí la flecha se transforma en boomerang, y regresa en dirección al crítico. Los que acusan con cinismo al socialismo cubano de no haber podido evitar el resurgimiento de la prostitución, y recomiendan el desmantelamiento del socialismo, engañan al lector desprevenido. La prostitución y su secuela de chulos y futuras mafias, las diferencias sociales escasamente insinuadas hoy en burdos macetas –todavía lejanas a las que simbolizan hombres como Carlos Slim en México o Gustavo Cisneros en Venezuela--, son avanzadas o rezagos (depende del enfoque) de esa “modernidad capitalista” que se sustenta en la ley del “sálvese quien pueda”.
Hay algo en Los dioses rotos, la primera película de Daramas para la pantalla grande, que molesta a la contrarrevolución. ¿Cómo le puede molestar una película que se enfoca en el submundo habanero de la prostitución? No es la típica cinta de choteo que se ceba en una sociedad supuestamente corrupta, en la que los esfuerzos por sobrevivir no dejan margen para la ética. Aquí el bajo mundo es el bajo mundo, aunque exista una delincuencia (una prostitución) de cuello blanco que encarna la empresaria, viuda de un extranjero al que no amaba. Si la profesora universitaria termina siendo tan culpable como la prostituta Sandra en la esperada muerte de Yarini, no es por razones sociales sino sicológicas: ambas mujeres pertenecen a mundos diferentes, pero reaccionan sin distingos como seres humanos.
También son diametralmente opuestas las descripciones de Pedro Juan Gutiérrez en su novela Un Rey en La Habana y de, por ejemplo, el filósofo español Carlos Fernández Liria en su ensayo sobre Cuba. Ambos se sitúan en una azotea centrohabanera, miran lo mismo y ven cosas distintas, sobre todo porque el segundo se propone expresamente ver no sólo lo que iguala a la pobreza, hállese donde se halle, sino lo que la diferencia en un país como Cuba. Y no es poco, ni superfluo. La apoliticidad de Gutiérrez es programática y finalmente política: sin reparar en horizonte alguno, la descripción minuciosa, naturalista, lo lleva a omitir, concientemente, cualquier dato que disloque su lógica. Si Reynaldo, el personaje de la novela Un Rey en La Habana, vivía “al minuto”, porque olvidaba lo sucedido en el minuto anterior y no pensaba en lo que ocurriría al minuto siguiente, la mirada de Gutiérrez, el autor, a ras de suelo, describe un universo minúsculo, detallista y carente de esencialidades. No es extraño entonces que el mundo empiece y acabe en lo físico inmediato: la pared en ruinas y el cuerpo humano. El sexo, despojado de sentimientos (también, por supuesto, el alcohol o la droga), es acaso el instante de gloria que no precisa ni de pasado ni de futuro. Los personajes de Gutiérrez no piensan, solo sienten la vida en sus formas primarias: olores, deseos, instintos. Los de Fernández Liria –y se refiere también a los centrohabaneros--, razonan, todo el tiempo argumentan y razonan. “No creo que haya habido en la historia muchas otras sociedades en las que el espacio político y la argumentación estén tan vinculadas como en Cuba”, escribe. Pero Los dioses rotos no se afilia a ninguna de las miradas al uso: muestra una sociedad que se parece a cualquier otra sociedad. Es decir, muestra el capitalismo que se ha colado o que ha sobrevivido en Cuba. Eso nos hace más “normales” de lo que la prensa trasnacional nos presenta. Si los síntomas de una posible descomposición del socialismo cubano son esos –y son en efecto esos, al menos potencialmente--, son los mismos que padece la sociedad española o la mexicana. La guerra que sostenemos los cubanos no es contra la “modernidad”, no es una reacción mojigata contra el sexo o la libre expresión, es contra el capitalismo, contra el sistema que transforma en selva a la sociedad. Los dioses rotos resulta molesta para la propaganda contrarrevolucionaria porque el espectador puede preguntarse: ¿qué es lo que está mal en Cuba que está bien, por ejemplo, en España? Bien narrada, bien actuada, es una película inquietante, que nos obliga a reflexionar sobre la Cuba que queremos.

4 comentarios:

  1. Hay alguna manera de conseguir el ensayo de Carlos Fernandez Liria?

    Algun enlace, pdf, librería, revista?

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  2. pero... si el autor tenia ganas de hablar de la modernidad(capitalismo)no tenia que usar a Daranas y sus Dioses Rotos como pretexto.

    No es la modernidad lo que inquieta o molesta en los Dioses Rotos.
    Mas bien resulta muy incomodo constatar que una "notable y comprometida intelectual cubana" por razones sociales, termine haciendo lo que una "prostituta" por razones piscologicas.
    A las dos las separa unicamente la autenticidad de la jinetera.
    Las une la connotación inquietante de sus comillas.
    La verdad da miedo del miedo que da y cuando uno mira Los Dioses Rotos, no puede dejar de inquietarse ante el hecho de que cualquier semejanza con la realidad sea realidad.

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  3. danilo romero..........bueno realmente no soy especialista el cine , considero que la pelicula esta muy bien consebida, esta muy buena, toc puntos de la realidad cubana desde el mito de Yarini y la realidad actual, una relidad que se esconde y adopta varias formas pero realidad cruda al fin, considero que se tuvo el valor de decir algo ,de reflejar todo ese mundo oculto tras los muros que todavia existen en nuestra habana y nuestra sociedad, muros no de piedras si no marginalidad, coraje , lugares donde se vive como en los tiempos de Aquiles con la ley del mas fuerte..................creo que valio la pena ver ese filme..........danilo romero estudiante de derecho de la universidad de oriente

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  4. yeneli desde new jersey30 de abril de 2009, 22:13

    espectacularmente buena asi defino mi comentario, es una realidad cubana que a cada cubano a tocado de una manera u otra y asi fue plasmada en la pelicula, actuacion sensacional asi como la fotografia y la trama muy bien elaborada, pienso que la prostitucion en cuba es un tema bien polemico, mas bien la tan adornada palabra JINETERA se requiere ser cubano para entenderla, en la pelicula se escogio una buena base para adentrarse en ese mundo de salvajismo y pena de esa realidad tan dolorosa que atraves de los anos ha cambiado de personajes pero el drama sigue siendo el mismo, pienso que la pelicula logro su objetivo muestra sin tabues lo mas adentro de esa mafia monopolizada del proxenetismo con un ritmo historico.

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