martes, 24 de noviembre de 2020

Carlos Manuel Álvarez, el corre$ponsal de la Covid-19 en San Isidro

 

Al centro, Carlos Manuel Álvarez, el presunto agente transmisor de la COVID en San Isidro.

Por M. H. Lagarde

Increíble pero cierto: Carlos Manuel Álvarez, el alguna vez talentoso muchacho que a fuerza de denigrar a gente que lo sobrepasa mil veces en ética, talento y coraje, como Roberto Fernández Retamar y el Comandante Che Guevara, ha atravesado, con una facilidad que lo  pone en duda, “el cerco de la brutal represión de la dictadura cubana” y se encuentra junto a los juerguistas de San Isidro para, con sus dotes de escritor de ficción, vender al mundo el storytelling de los nuevos mártires del dólar yanqui en Cuba.

No hace mucho, con esa fidelidad a lo sucedido que le caracteriza, Álvarez publicó en The New York Times su versión manipulada de un hecho doloroso pero excepcional que se pretendió utilizar como fracasado pretexto para recrudecer aún más la política estadounidense contra Cuba, justo después que el Presidente Trump había prometido en Miami “vamos a luchar por nuestros amigos de Cuba”. En el Times, el golden boy invocó a los familiares de una persona fallecida, ocultando que su madre -¿hay familiar más cercano?- había denunciado la manipulación mediática de esa muerte y su confianza en las autoridades cubanas y la investigación de los hechos. Para colmo, Álvarez ilustraba su artículo con una borrosa imagen de la agencia Reuters con un pie de foto: “Agentes de seguridad de La Habana vigilan las calles de la capital de Cuba en junio de 2020” aparecida originalmente en el diario argentino Clarín ilustrando un artículo titulado “La gigantesca nube de polvo del Sahara provoca olas de calor, intoxica el aire y ya llegó a Miami” y con el pie de foto “El Morro Cabaña, en La Habana, entre penumbras.” Cualquiera que conozca la capital cubana sabe que Morro y Cabaña no son “calles de La Habana” sino dos centenarias fortalezas coloniales donde no vive nadie ni hay calles que vigilar, de hecho lo que aparece en la foto es una plazoleta frente al mar, no calles, pero son cosas que pasan cuando -como en el caso de Álvarez la ficción ocupa el lugar del periodismo.

FOTO1: Detalle de comentario en The New York Times el 13 de julio de 2020. Pie de foto: Agentes de seguridad de La Habana vigilan las calles de la capital de Cuba en junio de 2020.Credit…Alexandre Meneghini/Reuters


FOTO2: Detalle de reportaje sobre el polvo del Sahara en el Caribe del periódico argentino Clarín el 25 de junio de 2020. Pie de foto: “El Morro Cabaña”, en La Habana, entre penumbras. / Reuters


Ahora, en un nuevo capítulo de su viaje infinito hacia la infamia, Álvarez desembarca en La Habana para, a sueldo de The Washington Post, dar ropaje literario -en definitiva lo suyo es la ficción- a la sordidez y grosería evidentes de una conjura destinada a dañar cualquier cambio en las relaciones ente Estados Unidos y Cuba. Al ir directo del aeropuerto al lugar del show del llamado “Movimiento San Isidro”, cuyos vínculos con terroristas asentados en Miami han salido a la luz recientemente, lo hace violando las regulaciones sanitarias que lo obligarían a permanecer aislado hasta conocer los resultados de las pruebas PCR para viajeros internacionales y pone en peligro la salud de los habitantes de esa comunidad, un gravísimo riesgo al provenir de un país con altísimos niveles de contagio de la Covid-19.

Está por demostrar si tantos premios y contratos para Álvarez se deben a su talento para contar mentiras -eso es la ficción- o a su lealtad a las campañas mediáticas contra su país de origen, pero para lo que sí tiene indiscutible talento este aspirante a agente transmisor de la Covid-19 es para los financiamientos. Sus éxitos literarios palidecen al lado de la negociación del contrato de la revista El Estornudo a través de Aimel Ríos Wong con el programa Cuba de la National Endownment for Democracy -pantalla de la CIA hasta para el mismo New York Times- del que sacó una importante tajada y a lo que si no fuera suficiente sumó otro con la Open Society del magnate George Soros, ambos financiamientos reconocidos en las propias páginas de la revista.

Ya era triste que Carlos Manuel Álvarez abandonara la floritura estilística con que lo fabricaron para ponerse al servicio de lo peor de la propaganda  que justifica la guerra económica contra su país. Pero más triste es que, a cambio de un puñado de dólares, se convierta en un delincuente epidemiológico y ponga en riesgo la salud de aquellos a quienes dice querer ayudar y a los miles de personas que viven en ese populoso barrio habanero.

 


lunes, 23 de noviembre de 2020

Los miserables cómplices de la represión invisible

 

Los mercenarios el único currículo artísitico que ostentan a su favor es una feliz foto con el "mecenas" y experto en golpes de Estado, el Secretario de la OEA, Luis Almagro

Por M. H. Lagarde

Toda Cuba se despertó hoy con la desagradable noticia de que la compañía norteamericana Western Union cesaba la entrega de remesas en Cuba a causa de las medidas unilaterales del Gobierno de Estados Unidos para impedir esa actividad en la isla.

La medida es el colofón de una decisión anunciada el pasado octubre cuando el Departamento del Tesoro divulgó un borrador de una regla final para eliminar, 30 días después del 27 de octubre, el alcance de ciertas autorizaciones generales relacionadas con las transferencias bancarias desde el exterior.

El argumento utilizado por esa entidad del gobierno estadounidense para tomar la criminal medida en contra de la familia cubana es que las remesas que se enviaban a Cuba se hacían mediante un convenio entre la Western Union y la firma cubana Fincimex, que según los diseñadores del bloqueo a Cuba, está controlada por los militares cubanos, los principales responsables de la "represión" -¿invisible?- contra el pueblo de Cuba.

A pesar del terrible bloqueo de Estados Unidos, que desde hace más de sesenta años intenta doblegar la resistencia del pueblo cubano, en Cuba nadie se ha quedado, como ocurrió recientemente en Chile, ciego ni tuerto por exigir cambios en la constitución. En Cuba, como en Perú, no hay muertos por la represión policial en las manifestaciones populares contra el desgobierno de la corrupción, ni mucho menos, para poner un ejemplo bien reciente, ante la reducción de los presupuestos de la seguridad social, el pueblo se ha lanzado a quemar el Congreso como ocurre en Guatemala.

En Cuba, lo más que han conseguido los marcos rubios y diaz-balart para poder justificar medidas inhumanas como el cierre de la Western Union, es financiar a un grupito de delincuentes disfrazados de seudoartistas cuyo presunto arte consiste en realizar provocaciones que alguna vez logren convertir en realidad el falso discurso de quienes lo financian. 

Dichos "artistas", por cierto, comparten las mismas "ideas estéticas" de quienes en enero pasado bañaron con sangre de cerdo los bustos de Martí y el único currículo artístico que ostentan a su favor es una feliz foto con el "mecenas" y experto en golpes de Estado, el Secretario de la OEA, Luis Almagro, que si sabe algo de arte debió aprenderlo en su estelar participación en La Catedral del Chisme de Miami.

El mercenarismo, basado en recibir cuatro billetes que solo alcanzan para tomar cerveza, no es por supuesto arte, es un acto miserable de complicidad con quienes se llenan los bolsillos de dólares mientras intentan matar a todo un pueblo de hambre.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Las «razones» de Trump: Ni democracia, ni brujería… manipulación


El presidente Donald Trump junto a su asesora espiritual, Paula White. Fuente: Archivo / AP


Por M. H. Lagarde 

Otra excelente muestra del mal estado de salud del que goza la democracia estadounidense fue el discurso pronunciado la noche del jueves por Paula White, la asesora espiritual de Trump.

La pastora evangelista, que desde hace poco más de un año es parte del equipo de la Casa Blanca, dio una apasionada oración televisada en un intento por asegurar la reelección del mandatario en la que afirmó, entre otras cosas, que:

«Confederaciones demoníacas intentan robarle la elección a Trump. Los refuerzos angelicales de África y Sudamérica están llegando ahora mismo; escucho el sonido de la victoria».

Según relatan varios medios de prensa, White subió y bajó del escenario, cerró sus ojos y dio una oración cantada mientras sus fieles se arrodillaban y elevaban sus brazos, contra las «conspiraciones demoníacas», «agendas demoníacas» y «todo espíritu demoníaco».

«Han secuestrado la elección. Han secuestrado la voluntad de Dios», -dijo la asesora espiritual que lleva casi veinte años como consejera del presidente- y se dirigió -sin nombrarlos- a sus adversarios: «Pedimos que cada trampa que hayan tendido caigan sobre su propia soga, caigan sobre su propia trampa».

Y añadió: «Rompemos y dividimos todas las confederaciones demoníacas contra las elecciones, contra Estados Unidos, contra lo que Tú [Dios] has declarado en la Casa Blanca».

Mientras varios líderes del partido republicano como el jefe de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell y el senador Marco Rubio, se desmarcaron de las apresuradas acusaciones de fraude hechas por el presidente durante la madrugada del miércoles, las «espirituales» declaraciones de White resultaron el más «serio» apoyo que ha recibido la denuncia de Trump.

La actuación de Paula White, una televangelista que predica su ministerio y oraciones en la emisión de programas de amplia difusión, solo se explica políticamente si se tiene en cuenta el público al que fue dirigida. Según los expertos las bases republicanas que apoyan al presidente están conformadas principalmente por evangelistas, hombres blancos de zonas rurales y personas de escaso nivel cultural.

Pero se explica sobre todo por la subestimación y manipulación con que, el todavía inquilino de la Casa Blanca, ha logrado engañar durante cuatro años a una buena parte de sus seguidores, los mismos que, al decir de Roger Stone, otro asesor de Trump: son «los votantes que carecen de cultura y no pueden diferenciar entre el entretenimiento y la política».

Una prueba de esa confusión entre entretenimiento y política, la dieron sus partidarios, unos días antes de la elección, cuando empezaron a pedirle a gritos al presidente que despidiera al principal epidemiólogo de ese país, el doctor Fauci. «Despedir» a presuntos empresarios ineptos era lo que hacía Donald Trump en su reality show The Apprentice por el que se hizo famoso en Estados Unidos y cuya fama, según también Stone, posibilitó en gran medida su candidatura a la presidencia en 2016.

A pesar de todo el apasionamiento de Paula White la presunta derrota de Trump nada tiene que ver con «agendas demoníacas» sino más bien con fallidas «agendas mediáticas».

Por suerte para ese país, y mala suerte para Trump, más de la mitad de su población tiene el suficiente nivel intelectual para no dejarse manejar por sus trucos, ni los de una televangelista.

Como era de esperarse, Trump se declara ganador y denuncia el "fraude"

 


Por M. H. Lagarde 


Como era de esperarse, el presidente Donald Trump se declaró vencedor de las elecciones de 2020 aunque todavía faltan millones de votos por contar en varios estados.

El presidente hizo el controvertido anuncio desde la Casa Blanca pasadas las 2:20 a.m donde nuevamente volvió a acusar a los demócratas de cometer fraude electoral.

“Estábamos listos para una gran celebración y de repente se detuvieron“, dijo Trump, quien estuvo acompañado del vicepresidente Mike Pence y miembros de su familia.

Trump aseguró que millones de sus seguidores fueron privados de sus derechos por el hecho de que autoridades electorales siguen contando votos en estados como Arizona, Michigan, Pennsylvania y Wisconsin.

“Ganamos en estados que no esperábamos. Ganamos en Florida, en donde ganamos por mucho, ganamos Ohio y Texas”, dijo Trump.

Para sorpresa de muchos Trump se declaró  también ganador en Michigan y Pennsylvania, estados en donde falta millones de boletas electorales por contar debido a que allí el voto por correo se cuenta al cierre de las elecciones.
 

“Y es claro que ganamos en Georgia”, dijo Trump con respecto a un estado en donde mantiene una ventaja pequeña con 91% del escrutinio. “No nos pueden alcanzar” y cerró su discurso denunciando un “fraude al pueblo estadounidense”.
 

“En lo que a mí concierne, ya ganamos”, dijo Trump antes de retirarse sin tener en cuenta que Biden lidera el conteo de votos del Colegio Electoral con 225 votos frente a 213 de Trump y que muchos expertos, por las peculiaridades de estas elecciones, aseguran que los resultados podrían darse a conocer a más tardar el viernes.

La sucia jugarreta del actual presidente no podía ser más obvia si se tiene en cuenta que él mismo desde hace semanas convirtió la denuncia de fraude en un tema esencial de su campaña y en reiteradas ocasiones afirmó que si perdía no iba a entregar la presidencia. Como bien dijo en su victorioso discurso: "Nos estábamos preparando para ganar", o sea, para usurpar los resultados de la votación.

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La última afirmación sobre el tema la hizo ayer cuando dijo que los estadounidenses tenían el derecho de saber los resultados la misma noche de los comicios y que "Ganar es fácil, perder nunca es fácil, no lo es para mí".

Por otro lado para qué el presidente invitó a una recepción a centenares de amigos a una Casa Blanca rodeada de vallas infranqueables. ¿Para celebrar su derrota e impedir que sus seguidores se abalanzaran sobre la casa presidencial para felicitarlo? No hace falta ser un experto en política para darse cuenta de la patraña que tramaba.

Como era de esperarse, con este fraude cometido por él, una vez más, el magnate se burla del pueblo estadounidense y pisotea la imagen de la muy cacareada democracia que ese país pretende imponer como ejemplo para el mundo.

Trump no tiene quien le cante



Por M. H, Lagarde

Mientras Bruce Springteen dona una de sus canciones para la campaña de Biden y Marc Anthony llama a los cuatro millones de puertorriqueños que voten para sacar a Trump, la campaña del actual presidente se ha quedado sin una banda sonora que realmente valga la pena.

El rechazo de los músicos en Estados Unidos es prácticamente total.  Un despacho de la agencia EFE da parte de cómo los músicos le han dado la espalda al mandatario republicano:

 "El mundo de la música tiene una relación complicada con Trump, desde estrellas de la talla de Taylor Swift y Elton John a bandas como los Rolling Stones o R.E.M. le desdeñan y rechazan que sus canciones suenen en su campaña. Incluso Kanye West, su gran apoyo, es ahora su contrincante en algunos estados".

Desde que los Rolling Stones y Neil Young se quejaron públicamente, en 2015, de que Trump amenizara con sus canciones sus actos de campaña, a las protestas se han sumado Elton John -de quien el mandatario estadounidense es fan declarado-, Adele y hasta familias de artistas fallecidos como Leonard Cohen o Luciano Pavarotti, que alegan que sus valores no comulgan con los del republicano.

El repudio hacia el presidente llegó a su máxima expresión en un tema de  Joan Baez, de quien se dice encontró en el mandatario la inspiración suficiente para componer su primera canción original en más de 20 años: "Nasty Man" (hombre asqueroso/desagradable) cuya letra afirma:

"Cuando a nadie le importe un carajo sus tuits, él estará finalmente y para siempre obsoleto", terminan sus versos.

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Otro tanto sucede con los artistas latinos. Además de Marc Anthony quien acaba de decirle a sus compatriotas: "Recordamos las mentiras. Recordamos la falta de respeto. Recordamos que dejó a muchos de nosotros morir",  Ricky Martin fue de los primeros en hacer pública su repulsa contra Trump cuando era un aspirante del Partido Republicano y acosaba gratuitamente a la comunidad latina.

Becky G, nacida y criada en Los Ángeles en una familia de origen mexicano, profetizó tras la toma de posesión del magnate republicano: "Él no nos dividirá" y Jennifer López, durante su actuación en la Super Bowl, recordó la separación de niños de sus familias en la frontera con una referencia a la jaulas que no pasó desapercibida.

Hasta Bad Bunny ha dicho lo suyo cuando en un espectáculo portó una camiseta con el mensaje ¿"Tú eres twitero o presidente?".

J Balvin, Shakira y Romeo Santos, Luis Fonsi integran también la lista de los músicos que no apoyan a Trump.

Con tan adverso panorama a la campaña de Trump por lo visto no le ha quedado otro remedio que echar mano a un coro, recreado por Los Tres de La Habana, en Miami que llama a votar por él.

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Los Tres de La Habana. Según declararon a la agencia Reuters se sentían muy agradecidos porque el gobierno de Estados Unidos se hubiera fijado en unos desconocidos como ellos. Por lo visto, al presidente, no le quedó otro remedio.
 

Basada en la canción “Cuba Soy Yo” en lugar de cantar el coro habitual, los "talentosos" Tres de La Habana lo sustituyeron por : “Yo voy a votar por Donald Trump”. 

La consigna musicalizada sirve de fondo, en caravanas y mitines, a la mayor mentira que haya dicho el presidente Donald Trump en sus cuatro años de presidencia: la de que los demócratas, encabezados por Biden, van a convertir a Estados Unidos en un país comunista. 

Como era de esperarse, tal coro solo suena en el enclave fascistoide y conservador de Miami donde los partidarios del presidente, entre otras inverosímiles razones, justifican su repentino miedo a la invasión inminente del comunismo porque, según aseguran, alguien, durante las protestas contra el racismo ocurridas en esa ciudad, pintó una hoz y un martillo en un monumento.

La que es probablemente la única tonada a favor del presidente más mentiroso de la historia de Estados Unidos, es otra muestra ejemplar de la mediocridad cultural y política que predomina en los tres gatos de la pequeña Habana, que afirman, a ritmo de conga, que van a votar por él.

La comparsa mediocre puede durar hasta el martes 3 de noviembre, o quizás, cuatro años más, pero lo que nadie duda es que, parafraseando a Joan Baez: Cuando a nadie le importe un carajo los tuits del "Nasty Man", la mafia anticubana de Miami quedará, una vez más, ante el mundo, sumida en la vergüenza del ridículo.

¿Quién eligió a Ted Cruz para mandar en Twitter?

 

Montaje fotográfico: El senador republicano de origen cubano, Ted Cruz y el Director Ejecutivo de Twitter, Jack Dorsey


Por M. H. Lagarde 

Otra prueba de la “independencia” de la que gozan las redes sociales respecto al gobierno de Estados Unidos fue el regaño que le espetó, el pasado miércoles, el senador republicano, Ted Cruz, al Director Ejecutivo de Twitter, Jack Dorsey.

“Sr. Dorsey, ¿quién diablos te puso a cargo y eligió para decidir lo que los medios deben informar y lo que el pueblo estadounidense puede escuchar? y, ¿Por qué insistes en comportarte como un comité de acción política demócrata, silenciando puntos de vistas contrarios a tus creencias políticas?”, dijo el Sr. Cruz, en una audiencia celebrada ante el Comité de Ciencia, Comercio y Transporte del Senado.

La fuerte recriminación fue hecha a propósito de la decisión de Twitter de bloquear usuarios que quisieron retwittear un artículo del New York Post que, supuestamente, presentaba evidencia sobre el comportamiento poco ético y posiblemente ilegal de Hunter Biden, hijo del candidato Demócrata a la presidencia, Joe Biden.

Como un muchachito obediente, Dorsey ripostó la insinuación de Ted Cruz sobre su sesgo político anticonservador:

“No estamos haciendo eso. Y es por eso que inicié esta audiencia haciendo un llamado a la transparencia. Hemos notado que necesitamos más confianza. Hemos notado que necesitamos más responsabilidad para mostrar nuestras intenciones y mostrar los resultados. Por lo tanto, escucho las preocupaciones y las reconozco, pero queremos solucionarlas con más transparencia”, expresó Dorsey.

Otros, menos “comprensibles” que el CEO de Twitter, como el Senador Demócrata por Hawái, Brian Schatz, criticaron las “malas maneras” del senador  de origen cubano, Ted Cruz:

“No llamamos a las personas ante nosotros ni le gritamos por no acatar nuestras órdenes durante las elecciones. Es un uso incorrecto del dinero del contribuyente. Está sucediendo aquí y es una cicatriz para esta comisión y para el Senado de los Estados Unidos”, y, de paso, calificó a la audiencia del pasado miércoles: “como una “farsa” de falso ultraje montada por los Republicanos que ha fomentado una narrativa de sesgo anticonservador en redes sociales que no está avalada por datos”.

Los datos, digo yo, en todo caso podrían citarse en contra de los republicanos si se tiene en cuenta que, en las elecciones de 2016, según las cifras entregadas por los sitios de fact-checking, para la verificación de las afirmaciones durante la campaña presidencial, el 70% de las declaraciones de Donald Trump fueron falsas.

Un ejemplo de ello, según el propio Ted Cruz, fue la acusación hecha por Trump, durante las primarias para la postulación republicana, de que su padre Rafael Cruz había tenido que ver en el asesinato de Kennedy.

Según una publicación de aquellos días: “En una entrevista telefónica con Fox News, Trump mencionó un artículo del tabloide sensacionalista National Enquirer según el cual Rafael Cruz aparece en una foto con Oswald en Nueva Orleans, donde Oswald está repartiendo folletos en contra del gobierno comunista de Cuba”.

La campaña de Cruz entonces tildó la acusación de "basura", pero parece que, con el paso del tiempo, y ante el temor de una posible victoria electoral de los demócratas en 2020, al senador de origen cubano se le han olvidado los sucios métodos de sus correligionarios. ¿O será verdad que su padre estuvo implicado en el asesinato de Kennedy?

Él sabrá. Lo que si sabemos nosotros es que sus regaños contra los descarrilados colegiales que dirigen las redes sociales irrespetan y ponen en entredicho la validez de la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones de Estados Unidos.

Creada en 1996, la 203 regula y protege a las compañías de internet de responsabilidades legales: “Ningún proveedor o usuario de un servicio de ordenadores interactivo deberá ser tratado como el publicador o emisor de ninguna información de otro proveedor de contenido informativo”.  

Si la libertad de expresión se trata de regaños y gritos, no estaría de más preguntarle al Director Ejecutivo de Twitter, Jack Dorsey, quién es el que le grita, en privado, para que bloquee las cuentas de los revolucionarios cubanos.

lunes, 2 de noviembre de 2020

EE.UU., elecciones 2020: La democracia impugnada

 



Por M. H. Lagarde

Además de quién será el vencedor en las próximas elecciones de Estados Unidos, otra de las grandes incógnitas del suceso que tendrá lugar el próximo 3 de noviembre es si los partidarios de un bando o de otro aceptarán tranquila y democráticamente los resultados.

Hace solo unos días, una encuesta de la agencia Reuters determinó que "más de cuatro de cada diez partidarios del presidente Donald Trump y de su rival demócrata Joe Biden dijeron que no aceptarían el resultado de las elecciones de noviembre si su candidato pierde".

Según el sondeo, un 43% de los partidarios de Biden no aceptaría una victoria del mandatario republicano, mientras que un 41% de quienes quieren reelegir a Trump no aceptarían una victoria del exvicepresidente demócrata.

Para dar a conocer su descontento, el 22% de los partidarios de Biden y el 16% de los partidarios de Trump aseguraron que participarían en protestas callejeras o, incluso, en actos de violencia, si su candidato pierde.

La incertidumbre de lo que pudiera pasar una vez dados a conocer los resultados ha sido provocada por las reiteradas advertencias de los funcionarios de seguridad que afirman que Rusia e Irán han intentado vulnerar los sistemas de votación de Estados Unidos y han buscado formas de socavar las elecciones y, sobre todo, por las reiteradas alarmas lanzadas por el actual presidente de que el proceso está “arreglado” y de que una mayor votación por correo este año aumentará la probabilidad de fraude electoral.

Mientras algunos analistas aseguran que la polarización actual de la sociedad norteamericana, debido a temas como el tratamiento que el gobierno le ha dado a la epidemia de COVID-19 y el persistente racismo, puede desembocar en una situación explosiva, otros se muestran menos pesimistas.

Tal es el caso de Donald Green, cientista político de la Universidad de Columbia, quien, basado en la encuesta de Reuters, dijo que los resultados del sondeo alivian sus preocupaciones sobre hechos de violencia después de las elecciones, aunque no descartó: "que si las elecciones son reñidas, o si un candidato puede presentar una denuncia creíble de fraude electoral, podría provocar un mayor descontento y protestas de lo que sugiere la encuesta".

UN POCO DE HISTORIA

Otro de los optimistas es Alexander Cohen, profesor asociado de Ciencia Política de la Universidad de Clarkson, Nueva York, quien acaba de publicar un artículo en The Conversation sobre las seis veces que las elecciones han sido impugnadas en ese país.

Según el artículo del experto Cohen:

-“En 1800, Thomas Jefferson y Aaron Burr recibieron el mismo número de votos del Colegio Electoral. Debido a que ningún candidato ganó una clara mayoría del voto electoral, la Cámara de Representantes se adhirió a la Constitución y convocó una sesión especial para resolver el empate por votación. Tuvieron que realizar 36 encuestas para otorgarle a Jefferson la victoria, que fue ampliamente aceptada.

-“En 1824, Andrew Jackson ganó la votación popular contra John Quincy Adams y otros dos candidatos, pero no obtuvo la mayoría necesaria del Colegio Electoral. Una vez más, la Cámara Baja, aplicando un procedimiento en la Constitución, seleccionó a Adams como ganador sobre Jackson.

-“La elección de 1876 entre Rutherford B. Hayes y Samuel Tilden fue impugnada porque varios de los estados del Sur no pudieron certificar claramente un ganador. Esto se resolvió a través de negociaciones interpartidistas conducidas por una comisión electoral establecida por el Congreso. Mientras Hayes llegó a la presidencia, se le hicieron concesiones a los estados del Sur que, efectivamente, pusieron fin al período de Reconstrucción.

-“La contienda entre el demócrata John F. Kennedy y el republicano Richard Nixon en 1960 estuvo plagada de denuncias de fraude, y los simpatizantes de Nixon presionaron agresivamente para que muchos estados hicieran recuentos. Al final, Nixon aceptó la decisión a regañadientes, en lugar de arrastrar el país a un malestar civil durante las intensas tensiones de la Guerra Fría entre EE.UU. y la Unión Soviética.

-“En 2000, el candidato republicano George W. Bush y el demócrata Al Gore se vieron envueltos en una disputada votación en Florida. La Corte Suprema puso fin a un recuento y Gore concedió la derrota públicamente, reconociendo la legitimidad de la victoria de Bush diciendo: "Mientras estoy firmemente en desacuerdo con la decisión de la Corte, la acepto".

Y solo, aclara el académico, la impugnación de la elección de 1860 culminó en una guerra.

"Después de que Abraham Lincoln derrotara a otros tres candidatos, los estados del Sur simplemente rehusaron reconocer los resultados. Consideraron ilegítima la elección de un presidente que no protegiera la esclavitud e ignoraron los resultados de la elección".

"Solo fue a través de la profundamente sangrienta Guerra Civil que Estados Unidos se mantuvo intacto. La disputa por la legitimidad de esta elección, basada en las diferencias fundamentales entre el Sur y el Norte, costó 600 000 vidas estadounidenses".

ELECCIONES 2020

La preocupación de lo que pudiera pasar después de este tres de noviembre, además de la reiterada denuncia del actual presidente sobre un posible fraude y sus declaraciones de que no aceptará una derrota, se fundamenta también en el antecedente de que, durante la campaña presidencial de 2016, el entonces candidato Donald Trump rehusó comprometerse a aceptar los resultados adversos de las elecciones.

Vale recordar que en ese entonces su asesor de campaña era Roger Stone, quien, además de haber sido el personaje más joven implicado en el caso Watergate y exasesor de la campaña de Ronald Reagan, fue, según se vanagloria en un documental de Netflix, Get Met Roger Stone, el principal protagonista del "asalto" al voto demócrata en las elecciones de la Florida del año 2000.


Roger Stone 

De acuerdo con Stone, fue él quien, desde finales de los años 80, le insistió a Trump para que se postulara como presidente y, desde entonces hasta ahora, ha sido uno de sus partidarios más fervientes, aun cuando el consultor político conservador y cabildero abandonó abruptamente la campaña en 2015 en circunstancias turbias: Trump dijo que despidió a Stone y Stone dijo que renunció.

No obstante, la huella del inescrupuloso Stone en Trump es indiscutible, especialmente en la proyección política del magnate. Trump da la impresión de seguir al pie de la letra algunas de las reglas de su instructor: “la de que es mejor ser infame que nunca ser famoso”, la de creer que “los votantes, los que carecen de cultura, no pueden diferenciar entre el entretenimiento y la política”, y la de que “para comunicarse en política es necesario ser escandaloso”. Para Stone, simplemente, no importa “lo que se dice, sino el cómo se dice”.

En noviembre de 2019, Roger Stone fue acusado bajo la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre los tratos de la campaña de Trump con Rusia, y sentenciado a 14 meses en una prisión federal, pero Trump intervino y conmutó su sentencia a última hora en julio pasado.

Según una nota publicada hace solo unos días en el sitio Mailonline, no obstante: "Stone sigue siendo un miembro destacado del círculo íntimo de Trump, sirviendo como asesor informal del presidente". 

Otra referencia reciente lo sitúa en el documental 537 votos, dirigido por Billy Corben, quien se convirtió en noticia al afirmar que teme que su obra sobre el caos vivido en Florida durante el recuento de votos en las elecciones de 2000, que llevaron a George W. Bush a la Casa Blanca, sea un "prólogo" de lo que puede pasar en las presidenciales del 3 de noviembre.

En el documental de HBO, estrenado el pasado viernes, se oye al duro de Roger Stone decir: "Se hacen elecciones para ganarlas".

¿Reaparecerá, 20 años después, el "fantasma" de Roger Stone en el conteo de los votos en Florida? Y si es así, ¿qué pasará en EE.UU. después de este 3 de noviembre?

Nadie sabe. Lo que sí es seguro es que de lo que ocurra depende, en buena medida, lo que resta de credibilidad de la muy impugnada democracia americana.