viernes, 28 de septiembre de 2018

El puntillazo: D-M-D*


Por Carlos Aristides Luque

La necesaria y valiente denuncia pública del acaparamiento ocurrido en La Puntilla, condicionado por otros delitos y corruptelas que fueron ejemplarmente sancionados, provocó algunas reacciones presuntamente humorísticas, otras que se pretendían académicas y mucha gallarda y justa indignación popular.
El pretexto para la reacción de indisimulada chacota - bien llamada por la picaresca cubana, de Mamelchora -, estuvo sazonado con algún comentario de mala fe y hasta con la sospecha de un complot urdido entre la denuncia y las autoridades, - fue la existencia de otros males más urgentes y prioritarios que atender. Ese criterio es correlativo con aquel otro que pretende ahogar el debate con el pretexto de aplicarse sólo a la solución de las dificultades.
Muchos comentaristas estuvieron de acuerdo en que ninguna prioridad merece que se minimice o ningunee el significado de un hecho de ese tipo, sus consecuencias y los síntomas que revela.
El afán hipercrítico, sin embargo fue, como era de esperar, de contrario parecer, por la misma razón que la hipercrítica, como dijera el poeta, alcanza su definición mejor aprovechando toda coyuntura para insistir en su desolado objetivo de arremeter a toda costa.
Esas y anteriores reacciones van dibujando un sistema de pensamiento. Van clarificando que esencialmente no estamos, en ese y otros temas de la actualidad cubana, en presencia de una división o confrontación en la izquierda comunista cubana, sino ante posiciones que ya comienzan a diferenciarse con más nitidez, desbordando las sanas y necesarias diferencias de criterios dentro de los límites de una posición política común.
En efecto, algunos casos se aprecia una franca deriva hacia posiciones y criterios similares a las socialdemócratas; otros revelan las complejidades ideológicas y psicológicas muy conocidas en aquellos personajes que suelen reciclarse como excomunistas.
También revelan que en el debate actual acerca de la propiedad privada en el país existen al menos dos posiciones bien diferenciadas entre los que aceptan su utilización en el proyecto cubano: (a) los que, no oponiéndose, advierten con más énfasis la necesidad de controlar las consecuencias de su empleo y (b) los que aceptan su empleo con mucho más notorio entusiasmo, haciendo más énfasis en su necesidad y sus bondades que en el impresindible control de sus consecuencias.
Al no ser que algún representante de la opción (b) comience a protestar un dogmatismo, en cuyo caso sería mucho más útil que lo demostrara, hay, por supuesto que entre muchos otros, un aporte marxiano que se debió tener en cuenta por aquellos que creyeron más oportuno y útil la burla que la reflexión para llegar a la justa valoración de la necesidad de la denuncia. Voy a referirme, con la disculpa del posible lector, a temas muy conocidos, sólo para poder ilustrar lo que quiero aportar al intercambio.
Marx demostró, subiéndose en los hombros de gigantes pues se apoyó en aportes del pensamiento económico que le precedió, que existe una diferencia esencial entre: (a) intercambiar valores de uso mediante el trueque, y (b) comprar para vender, digamos, mediante el dinero. La diferencia no es una bicoca que se pueda despreciar: ello dio lugar al Capital, al mercado y al capitalismo.
El trueque debe ser el modo más simple y atávico mediante el cual los seres humanos procuraron satisfacer necesidades mutuas. Por cierto, esta modalidad, confirmada hasta por los estudios arqueológicos allí donde no existen testimonios documentados, niega el interesado e ignorante criterio de que el mercado siempre ha existido, como fatal y eterno instrumento transhistórico. Incluso en algunas culturas antiguas se ha podido demostrar que el beneficio no era el objetivo básico del intercambio.
Por ejemplo, cuando en la Ilíada, de Homero, asistimos al encuentro entre dos héroes guerreros, si no es que se enredaban en un combate singular, se entretenían en intercambiar suntuosos regalos entre sí. Pero como antecedente del actual y afectivo regalo de cortesía o muestra de aprecio, la dádiva en aquellas culturas tenía a la vez el astuto, calculado y a veces muy efectivo resultado de impedir que la relativa riqueza acumulada por uno de los bandos provocara la ambición del otro, y, por consiguiente, la guerra de rapiña.
Pero también era un modo de suplir las necesidades mutuas, es decir, una modalidad del trueque que además, por si fuera poco, funcionaba como vínculo social pacificador. Ese comportamiento se ha rastreado en numerosas culturas antiguas.
En su estudio científico del modo de producción capitalista, Marx sintetizaba sus argumentos con las archiconocidas fórmulas donde empleaba la M denotando la mercancía y la D, el dinero. Pudiéramos decir que M-M* (mediante M obtengo M*) ilustra que mediante una mercancía se obtiene otra en el acto del intercambio, pero el objetivo no era el lucro ni el beneficio desmedido e injusto.
La mercancía en su forma de dinero fue sin dudas un paso de avance. El trueque obligaba a la concurrencia de los interesados en un mismo espacio. Era enojoso y muy poco eficiente tener que acudir cargados de productos allí donde hubiera el que se necesitaba.
Pero si un bien comúnmente apreciado, por ejemplo, la sal, o una fanega de trigo, servían de medios de intercambio, ya era posible trashumar de un mercado a otro y adquirir el valor de uso necesario. Sin embargo, para ninguno de esos recursos mediadores se inventó una bolsa de valores. No se podía con la sal, o el trigo, obtener más sal, o más trigo, sin producir algo tangible y concreto, mediante algún esfuerzo o un gasto de energía productiva.
Pero bien podía ocurrir que alguien intentara comprar para vender más caro, como los oscuros contratistas de nuestros fornidos muchachones de La Puntilla, utilizando la sal mediante la fórmula D-M-D*, es decir, mediante el Dinero comprar para luego obtener un Dinero acrecentado.
Ello ocurriría en aquellos tiempos si alguien estaba dispuesto a dar algo más de sal que lo justo, o tenía la suficiente como para no pasar el trabajo de trasladarse hasta donde pudiera comprar lo que precisaba por su justa cantidad. Pero el astuto especulador padecía muy graves limitaciones para volverse un verdadero y gran salero capitalista: cuestión de almacenaje y traslado de las cada vez más grandes proporciones que le adjudicara su ambición. Por algo al papel moneda se le retira su patrón oro. El otro paso fue imprimir papel en cualquier cantidad. Y el paso que padecemos ahora: el mero registro virtual. Y hay más. Otro tema es cómo el banquero capitalista crea dinero de la nada apenas ud pide un crédito a interés, cual verdadero Midas. Algo fantástico, pero muy real. Pero es tema para otra ocasión.
Ahora: en la producción simple de mercancía (M-D-M*), donde D es el dinero como mero instrumento facilitador, y M* el otro producto obtenido, el intercambio mediante cualquier otra forma dinero, sigue siendo un trueque, aunque mucho más eficiente. Pero todavía conserva la medida humana de satisfacer una necesidad y propiciar la socialización. Era imposible provocar una burbuja virtual y una crisis, o que alguien obtuviera sal o trigo o cualquier otro medio obtenido de la naturaleza en considerables cantidades, que no fuera sudando su frente. Estamos todavía muy lejos de que algún bicho pueda acumular capital, del capitalismo, y de enajenar al ser humano del resultado de su esfuerzo.
Pero del proceso anterior Marx diferencia el momento especialmente importante en que ya fue posible comprar para vender sin limitaciones para poder acrecentar el primer elemento (el Dinero) al final del proceso. Es decir, para obtener más dinero según D-M-D*. Allí nos topamos con la circulación mercantil capitalista, el otro significado de la palabra Mercado, que no es ni tiene por qué ser eterno, como nos cuentan a cada rato ciertos entusiastas que no le ven alternativa al desastre inminente. Ahora el objetivo no es obtener un valor de uso para satisfacer una necesidad, sino expandir el valor de cambio. La valorización del valor está en el origen de la sangrienta historia de la acumulación capitalista.
Si alguien bien pensado llega por casualidad hasta el párrafo anterior y cree que lo recordado tiene el objetivo de oponerse a, y prevenir a Cuba de, la propiedad privada, ha pensado no muy mal. Pero sólo en cuanto a la parte que sí hay de la prevención habría acertado. Mas si cree que otros no comprenden la necesidad táctica que Cuba tiene de implementarla, entonces ya ha llegado a una deducción errónea. Prevenir las consecuencias de la propiedad privada es cuestión de vida o muerte para cualquier proyecto socialista. En cambio, para Cuba, en las actuales circunstancias del mundo realmente existente, parece existir un razonable consenso de que negarse también sería suicida.
Pero la imprevisión es alentada de diversas formas. Puede llegar hasta de los economistas que nos quieren ilustrar sobre las bondades de la competencia, según una reciente reflexión “manzanera”, suponiendo que todos sus lectores ignoran que, ya inmersos en el caldo de cultivo capitalista, los distintos vendedores en esa idílica situación competitiva, se ponen de acuerdo, se coluden, y ajustan mafiosamente los precios.
El ecosocialismo nos ilumina aspectos centrales de los peligros que conlleva el mercado.
En esta breve nota, a propósito del ecosocialismo, debemos simplificar al máximo lo que merece ser estudiado a fondo. Se parte de la consideración que el planeta es finito. Pero el incesante e indetenible crecimiento económico capitalista ha creado una demanda que ya superó la capacidad regenerativa de la Tierra. En el 1980 ocurrió el overshoot o extralimitación en la explotación de recursos terrestres. En el 2010 ya la demanda, considerando el ritmo de crecimiento sostenido, excedía en un 50% la biocapacidad terrestre. Tierra y media para satisfacer a un pequeño por ciento de la humanidad.
Es lo que explica, en parte, que en algunas naciones se halla llegado hasta la aberración de verter leche en los ríos o regar con ella los campos. Pero una forma mercancía mediadora, como valor de cambio, abstraída de su valor de uso, o cuyo valor de uso es servir para el intercambio, ya es fácilmente acumulable mediante la economía del papel o ahora del registro electrónico, y hasta producir dinero de la nada, es decir, el efecto fantasmal de la fórmula D-D*, donde el mero dinero produce dinero. Y si además se produce mediante la explotación del trabajo ajeno o ya sea mediante el acaparamiento y la especulación, ya estamos, como explicara brillantemente Marx, ante el Capital y el capitalista.
El lamentable affaire descalificador desatado por la denuncia de lo ocurrido en La Puntilla, que tan simplista y simplificadora inspiración humorística disparó en algunos, olvida que lo ocurrido es algo más que el afán especulativo de una protomafia, o la corruptela propiciada por el descontrol y la ineficiencia. Es un signo o síntoma del protocapitalismo que anida esperando y aprovechando las condiciones propicias para hacer rotar la incesante acumulación explotadora del dinero produciendo dinero, sin trabajo real, para que desvíe el rumbo socialista por la necesaria utilización del mercado y la propiedad privada. Justificar o explicar el hecho con cualquier otro argumento supuestamente económico es también una aberración. Nada es más prioritario que denunciarlo e impedirlo. O lo es tanto como cualquier otra deficiencia u obstáculo de los muchos que se nos interponen en el camino.

Tomado del Facebook de 
Carlos Aristides Luque

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